Además de la capital estatal, las ciudades de Tampico, Matamoros, Reynosa y San Fernando son de facto santuarios de la inseguridad.
El sainete PRI-PAN, con sospechosistas y recíprocas acusaciones de apoyo a candidatos mafiosos, ha servido para recordar que desde hace seis o siete años (mucho antes que en Tierra Caliente, Michoacán) operan bandas paramilitares que se asumen autodefensas y que son alcahueteadas por partidos políticos en al menos otros tres municipios tamaulipecos.
La ingobernabilidad no justifica pero explica los odios antimexicanos que atiza el imbécil Trump.
Calderón no se atrevió, Peña tampoco, pero la Presidencia debe reconocer que Tamaulipas es un estado fallido y actuar en consecuencia.